(Museo de Historia del Arte de Viena)
El vino nunca fue solo una bebida. Siempre fue también un relato: de paisajes, de civilización, de memoria. ¡Concedido!
Desde la primera jarra de arcilla del Cáucaso hasta la etiqueta cortesana del Grand Siècle, desde el borgoña en la copa de Hildegarda de Bingen hasta el Riesling de parcela única en el menú del emperador japonés: el vino era una fórmula del mundo. Una técnica cultural. Una señal de que el ser humano no solo quiere consumir, sino también vincularse culturalmente a través del consumo. A los suelos. A los ritmos. A los orígenes.
En esta función el vino nunca fue estridente, pero sí siempre profundo. Nunca efímero, pero siempre vivo. Una bebida que almacenaba memoria y que, al mismo tiempo, escenificaba el presente.
Sin embargo, en algún punto del camino hacia el presente, esa memoria se perdió casi por completo.
Hoy, el lenguaje de la industria vinícola está fragmentado en narrativas de marketing, en colecciones, en botellas conceptuales que nacen como fenómeno de moda y son enterradas como saldos.
Eso no comenzó con el vino natural. Pero allí se hizo visible.
En lugar de seguir transmitiendo la herencia cultural del vino, tanto viticultores como comerciantes se dejaron llevar por el gesto rebelde. No por ignorancia, sino a causa del espíritu de la época: querían ser diferentes, libres, puristas, nuevos.
Pero el precio fue alto: cortaron las conexiones con el gran relato.
La consecuencia:
El vino se volvió pop.
Una actitud.
Un filtro.
Naranja, turbio, sin sulfitos Todo eso puede ser delicioso. Pero con demasiada frecuencia se vendió como una postura, no como un oficio. Y cuanto más de moda se ponía el vino, menos clara se volvía su voz.
Hoy, al mirar atrás, se hace evidente: los últimos veinte años fueron un triunfo de la estética y una pérdida de profundidad. El vino ganó muchos nuevos amigos. Pero su peso cultural se resintió.
Ya casi no forma parte de un relato cultural global. En la literatura, en el cine, en la simbología política, en el discurso filosófico, el vino apenas aparece. No porque haya empeorado. Sino porque se quedó sin voz.
Porque quien no cuenta su propia historia, con el tiempo deja de ser comprendido.
Y eso pasa factura.
En tiemposen los que las corrientes conservadoras ganan terreno en todo el mundo —en la política, los medios y la sociedad—, el vino habría tenido una gran tarea: mostrar que la cultura no significa retroceso, sino vínculo; que el origen no significa exclusión, sino responsabilidad; que el disfrute no es decadencia, sino medida.
Sin embargo, incluso a los viticultores conservadores les ha resultado difícil últimamente explicar el vino como parte de una cultura vinculante. Su lenguaje suele estar vacío, su imaginario pertenece al ayer y su presencia es timorata.
Los liberales coquetean con las tendencias. Los conservadores, a menudo, con las frases hechas. Y ambos bandos han olvidado que el vino solo funciona cuando es algo más que mero sabor: un símbolo de la medida humana, entre naturaleza y orden, entre libertad y forma.
Ahora que el péndulo vuelve atrás y muchas personas vuelven a buscar arraigo, al vino le falta la voz que tendría algo que decirles.
No por falta de sustancia. Sino por falta de relato.
Quizá, por tanto, sea hora de volver al punto de partida. No en el sentido de la nostalgia. Sino en el sentido de una reconstrucción cultural.
El vino no necesita una etiqueta nueva.
Necesita relatos sobre su valor cultural y su contribución al devenir de la civilización, también al devenir de Occidente.
Solo entonces el vino habrá “superado el bache”.
