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Noche de paz, noche solitaria. La distancia que hace posible beber vino

(Claude Auguste) Lo recuerdo bien: hubo un tiempo en que el vino era casi inevitablemente un acontecimiento social. No lo bebía solo, sino en grupo, a la mesa, en la taberna, en conversación. El vino era aglutinante, cemento de grupo, desencadenante de algún que otro suceso curioso, y a veces también un pretexto para escapar de la vida cotidiana. Quien bebía solo era considerado Lee el artículo completo…

(Claude Auguste)

Lo recuerdo bien: hubo un tiempo en que el vino era casi inevitablemente un acontecimiento social. No lo bebía solo, sino en grupo, en la mesa, en la taberna, conversando. El vino era aglutinante, cemento del grupo, desencadenante de algún que otro episodio curioso y, a veces, también el pretexto para escapar de la vida cotidiana. Quien bebía solo era considerado sospechoso o, al menos, alguien que tenía algo que compensar. Esta certeza cultural empieza a resquebrajarse en silencio.

Porque el bebedor de vino contemporáneo (es decir, yo) se sienta cada vez más a menudo solo. No por falta de compañía, sino como resultado de una nueva forma de decidir. Las noches se han vuelto más cortas, los estímulos más densos y los días más fragmentados. Cuando hoy bebo una copa por la noche, a menudo ya no lo hago para prolongar la velada, sino para poner en orden el día y el mañana. El vino ya no es para mí un potenciador social, sino un instrumento de concentración. ¿Es esta la vejez que se avecina? Es decir, una vejez aún mayor, porque ya me siento viejo.

La copa está ahí, en la habitación reina el silencio, el teléfono queda muy lejos del alcance, junto al MacBook. No hay conversación, ni risas, ni un interlocutor al que haya que atender o convencer. En su lugar, otro tipo de diálogo: breve con el vino, más largo con la propia atención, con el día que se hunde lentamente y con una mañana que pronto comienza. Esto no es una huida. Es una forma de disciplina.

Esta soledad no es triste. Es precisa. Permite una percepción que en el colectivo apenas es posible. Uno se escucha con mayor atención. Al probar el vino, se saborea menos lo obvio y más aquello que se revela con retraso: sustancias amargas, longitud, temperatura, persistencia. El vino no se comenta, sino que se observa. No tiene que gustarle a nadie salvo a quien lo bebe. A mí.

Naturalmente, esto no es un alegato contra la convivencia. Los grandes vinos se despliegan en la conversación, en la discusión, en el asombro compartido. Pero algo ha cambiado. El mundo se ha vuelto más ruidoso, más rápido, permanentemente comunicativo. El vino no responde a ello con más ruido, sino con recogimiento. Se convierte en el medio de una presencia silenciosa.

Quizá eso explique también por qué muchas personas beben hoy de forma distinta que antes. Menos, con mayor intención, de manera más consciente. El centro ya no lo ocupa la embriaguez, sino el momento. No la confirmación de los demás, sino la propia resonancia. El vino ya no se necesita para crear cercanía —la cercanía ya se simula en todas partes—, sino para permitir la distancia. Una distancia que vuelve a hacer posible pensar.

Esta nueva soledad del bebedor de vino es no una pérdida, sino un desplazamiento de su papel. El vino ya no es automáticamente convivencia, sino una opción entre muchas. Se puede compartir —o encontrarse con él a solas—. Ambas cosas son legítimas. Pero beber solo ha dejado de ser un estigma social. Se ha convertido en una actitud.

Quizá sea incluso una forma de madurez al beber. Una que ya no tiene que demostrar nada. Ni conocimientos, ni gusto, ni pertenencia. Solo atención. Y tiempo. Dos cosas que se han vuelto más escasas que cualquier gran añada.